Bolivia, 6 de agosto de 2007
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Antonio José de Sucre

En la ciudad de Cumaná, hoy capital del Estado Sucre de la República de Venezuela, el 3 de febrero de 1795 nació el quinto hijo de don Vicente Sucre y Urbaneja y de doña Marta Manuela de Acalá y Sánchez Valenilla, bautizado con el nombre de Antonio José.

Su maestro de primeras letras fue su tío José Manuel.

A muy temprana edad perdió a su madre y por esa misma época lo inscriben en un instituto militar, destacándose por su aptitud para las matemáticas.

A la edad de 15 años es valiente oficial en las tropas de Miranda y el gobierno revolucionario de Caracas lo destinó a comandar las fuerzas patriotas en el oriente. Su valor inteligencia y serenidad son notables en Aragua y Valencia.

Bolívar llega a conocer a Sucre en forma casual, en medio de la batalla de Bocachica, cuando la mirada fulgurante del Libertador observó atenta los actos del joven comandante.

Así se sucedieron sus victorias, una tras otra, en pos de la independencia americana.

Después de Pichincha, por un breve lapso, el hombre de la guerra colgó su espada para empuñar en Quito el bastón de magistrado. Pero su destino no era el de un civil y pronto sus armas volverían al cinto: Pasto alzaba nuevamente la bandera de la rebelión. La guerra de exterminio que allí se desencadena hirió su vista y, por primera vez, su deber lo obligó a dejar de lado su apostura de santo caballero.

Con la batalla de Ayacucho se inmortalizó el nombre de Antonio José de Sucre. El 9 de diciembre de 1824 la América española no era más que un hito en la historia.

Catorce generales hispanos se rindieron y entregaron aquella tierra de tesoros que hacía 300 años pusiera Colón en manos de Fernando e Isabel.

Liberado el Alto Perú, se constituyó en la República de Bolivia, en honor al Libertador. Sucre fue elegido sucesor de Bolívar, por el voto unánime y entusiasta del pueblo.

Ayacucho parece haber sido la culminación de la vida de Sucre. Sintió su misión cumplida y por segunda vez quiso trocar la espada; en esta oportunidad por mujer e hijos.

En todos sus sueños se veía ya no como un guerrero, sino como jefe de hogar. Y se casó con Marina Carcelén, marquesa de Solanda.

Designado por el Libertador, el Mariscal de Ayacucho asumió la Presidencia del país. Su administración fue provechosa, habiendo sido ejercida bajo el signo de la legalidad.

Mediante decretos específicos creó la Corte Suprema de Justicia y dispuso la división del territorio nacional en departamentos, provincias y cantones.

Continuó con la acción educativa iniciada por Bolívar; pero por muy poco tiempo contó con la colaboración de don Simón Rodríguez, cuyas ideas liberales chocaron con el espíritu conservador de la época.

Sucre estableció la libertad de prensa y encaminó una favorable política para incrementar la población con el fomento de la inmigración.

Desde Chuquisaca, hasta el fin de sus días, cobardemente asesinado, sus pasos estaban marcados por un destino trágico. En un Congreso extraordinario realizado en Bolivia en el día de su renuncia, dejaba estampadas las siguientes frases:

“Aún pediré otro premio a la nación entera y a sus administradores: El de no destruir la obra de mi creación; de conservar por entre todos los peligros la independencia de Bolivia, y de preferir todas las desgracias y la muerte misma de sus hijos, antes que perder la soberanía de la República”.

Al retirarse, parecía anunciar su propia muerte en Saloto de Mayo. Entre las enmarañadas montañas de Berruecos, confundido con la vegetación, quedaría el cuerpo sangrante de Sucre. Dos hombres, Eraso y Sarría, le dispararon al mismo tiempo. Con una tosca cruz de madera quedó signada la tumba del Gran Mariscal.

 



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