Bolivia, 11 de mayo de 2008
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El carretón de la otra vida

Lydia Parada de Brown

Hace muchos años el viaje de Trinidad a Santa Cruz de la Sierra era largo y penoso.

La familia Masay se tuvo que mudar de residencia, por motivos de trabajo. El padre ocupaba el cargo de maestro de rscuela en Sachojere, pero debido a la política, ya que a ningún partido él pertenecía, lo retiraron de esa posición y lo mandaron a ocupar el mismo cargo en una provincia, muy lejana de Santa Cruz. Como tenía una esposa y siete hijos, se vio obligado a trasladarse a esa lejana población.

Entonces el único transporte que había en tiempo seco era en carretón o a caballo.

Con sus pocos ahorros el pobre maestro compró un carretón y dos yuntas de bueyes viejos; y emprendió el viaje con toda su prole.

En el medio del camino escucharon:

- ¡Ji... Usa, vamos bueyes viejos! - de un carretón que hacía el mismo recorrido.

Ismael Masay dijo entonces lo siguiente:

- ¡Gracias a Dios tenemos compañeros!, así nos podemos ayudar si se rompe el eje o tenemos algún percance en el trayecto.

Nuevamente oyeron:

- ¡Ji... Usa, Ji...Usa, vamos bueyes viejos!

La esposa le dijo a Ismael:

- Apura a los bueyes para que podamos alcanzar a ese otro carretón que va adelante. Es necesario que no nos alejamos mucho de él, para que en un caso de emergencia, de él o de nosotros, nos podamos socorrer mutuamente.

Más cerca oyeron nuevamente:

- ¡Ji... Usa, Ji... Usa, vamos bueyes viejos!, hay que cobrar fuerzas para llegar a destino.

Tenían que pasar un pequeño arroyuelo, desde luego no profundo. Vieron al carretón que bajó el barroco para cruzar la aguada y no lo vieron más.

- Seguramente - afirmó Ismael - se ha desviado del camino a alguna pascana que hay cerca. Pero más después nos alcanzará.

Siguieron ellos apurando a los bueyes, que iban a paso lento y con el sol ardiente que con sus rayos quemaba el lomo de esos animales.

Oyeron nuevamente, delante de ellos:

- ¡Ji... Usa, Ji... Usa, vamos bueyes viejos!, y el chirriar de las ruedas en el camino lleno de barriales.

Toda la familia se quedó admirada de que otra vez esté el carretón delante de ellos, si al cruzar el arroyito no lo vieron más.

- Esto es un misterio - dijo Ismael.

La esposa y los niños abrieron grandemente sus ojos, muy asustados.

Uno de los niños le preguntó al padre:

- ¿No será, papito, que alguien nos persigue?

Ismael no tuvo respuesta para la pregunta de su hijo.

Ya era de noche, y para aprovechar la fresca, siguieron el viaje en esa oscuridad tenebrosa. No había luna. Solamente se oía el rumor de la selva y el tintineo de las hojas de los árboles que con el viento producían un ligero rumor, como de hojas secas llevadas por el vendaval.

Oyeron nuevamente detrás de ellos:

- ¡Ji... Usa, Ji... Usa, vamos bueyes viejos antes que claree el día!

Todos los pasajeros del carretón se erizaron de miedo.

Un nostálgico canto se oyó en la selva.

Los niños preguntaron: -¿Qué es eso papá? - Y él con voz trémula les contestó: -Es el pájaro agorero, el guajojó que anuncia muerte.

Entonces la esposa, que se mantenía callada, por el miedo al carretón desconocido, dijo:

-¿No será que ha muerto la abuelita, a la que dejamos muy delicada?

- Todo puede ser, hijos -contestó Ismael- Pero ese carretón que nos persigue me tiene preocupado.

Y en ese instante, por el lado derecho del suyo, oyeron nuevamente:

- ¡Ji... Usa, Ji... Usa, vamos bueyes viejos!, que aquí nuestro viaje termina.

Y junto a ellos pasó volando y se perdió en la enramada del bosque, sin que siquiera lo vieran.

Entonces Ismael, suspirando profundamente dijo:

- “Es el carretón de la otra vida”, que hace el viaje llevando algún cadáver a enterrar en las profundidades de estos bosques milenarios.

Los bueyes se pararon y no querían seguir tirando la carreta. Ismael los azotaba, pero como si alguna fuerza enigmática los dirigiera, ellos no movieron más las patas para caminar.

¡Era el carretón de la otra vida! que los obligaba a quedarse parados. Solamente movían la cola, pero el cuerpo lo tenían petrificado.

Cuando de repente se movieron, caminaban para atrás y conducían el carretón por lugares que ya habían pasado.

No hubo poder humano, ni azotes que los obligaran a seguir adelante, retrocedían cada vez más, hasta que llegaron al lugar de partida: “Sachojere”.

La soledad de la choza les anunció una tragedia. Y al entrar a ella encontraron a la abuelita tendida en su cama, muerta.

Y en el momento en que la lloraban, pasó por delante de la triste vivienda el carretón de la otra vida y oyeron:

- ¡Ji... Usa, Ji... Usa, vamos bueyes viejos!, que ya hemos llegado a nuestro destino y es: “La muerte”.

 



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