Un poco de arena al festejo

José Luis Bautista Vallejos

 

Hace algún tiempo subí a un micro que ascendía por la calle Max Paredes. Cuando el vehículo llegó a la avenida Buenos Aires, una señora hizo un gesto en la calzada para que el chofer detuviera el andar del micro. Entonces, la señora mostró una correa con la que sujetaba a un perro y, ante la negativa del conductor a que el animalito subiese al armatoste de latón, dijo: “Sabe viajar en micro”. Lo que recuerdo con nitidez es el rostro del galgo altiplánico, pues se notaba algo apesadumbrado; yo me quedé con la idea en la mente de un perro sacando de su bolsillo un par de monedas por concepto de pasaje (o tal vez huesos o algunas galletas crocantes). Lo curioso fue que la señora no trató de persuadir al chofer sino que presentó su caso de la manera más natural, por muy contradictoria que resultaban tanto la frase como el cuadro en general.

Al parecer, la cotidianidad boliviana presenta escenas de esa índole más de la cuenta. Esto, además, es visible en otro tipo de situaciones colectivas, a saber, las festividades. En Bolivia hay diversas fiestas, sin embargo, en este caso, me concentraré en el llamado día del mar, que corresponde al universo de celebraciones cívicas que constituyen hitos principales dentro del calendario de actividades nacionales. Este análisis pretende demostrar que la celebración del día del mar es curiosamente oximorónica, con una significación que va en desacuerdo con el festejo/homenaje que se desarrolla en los desfiles y en las horas cívicas.

Helena Beristáin en su Diccionario de Retórica y poética (México D.F., Porrúa, 1995) define al oxímoron como una “Figura semántica o tropo que resulta de la ‘relación sintáctica de dos antónimos’. Es a la vez una especie de paradoja y una especie de antítesis abreviada, que involucra generalmente dos palabras o dos frases. Consiste en ponerlas contiguas a pesar de que una de ellas parece excluir lógicamente a la otra”. Para afirmar que la celebración del día del mar es oximorónica, parto de tres pilares: la filiación de la festividad, el ambiente callejero y el efecto en los participantes.

¿A qué familia pertenece la festividad del día del mar? Indudablemente, esta celebración está emparentada con otras jornadas con símiles características: el 6 de Agosto, el 16 de Julio, o, inclusive con un partido de fútbol internacional. En este tipo de celebraciones se paraliza parte de la ciudad bajo un criterio compartido de “día diferente”, donde se acude a un evento importante para presenciar algo. Aunque en el último caso tengamos la asistencia a un evento único y casi irrepetible, pues un partido de fútbol no puede ser igual a otro, en lo que respecta a los desfiles organizados en honor a la Patria y a la Revolución de La Paz, se asiste a una ritualidad conmemorativa de carácter cíclico: cada año hay desfiles para estas fechas con tales y cuales características.

En esto, precisamente, es importante reflexionar. Las actividades que se desarrollan para festejar el día de la Patria son exactamente iguales a aquellas desarrolladas para conmemorar la pérdida del mar boliviano. En otras palabras, en los desfiles que se realizan para el día del mar se “festeja la pérdida del mar boliviano”. ¿Cómo puede suceder esto? Cuando, sencillamente, la significación de la fecha ha sido reemplazada por un cúmulo de acciones acríticas y cuyo sentido equivale al contenido de uno de los globos con que se adorna los palcos oficiales.

En segundo lugar, en una jornada de desfiles, ya sea para el 6 de Agosto o para su hermana menor de Julio, la calle adopta una característica muy típica de la fiesta: se bloquea arterias principales y se genera críticos colapsos por varios puntos neurálgicos de la circulación paceña. ¿Acaso no sucede esto, también, en la celebración del día del mar? La avenida Buenos Aires queda temporalmente bloqueada durante el desfile del día del mar y a su alrededor se forma, como sucede durante la entrada del Gran Poder, una pequeña feria improvisada, a donde la gente concurre, almuerza, bebe un refresco/gaseosa, jamás agua y compra una serie de chucherías ofertadas en vitrinas extendidas por el suelo.

En tercer lugar, guaripoleras, docentes, bachilleres, funcionarios(as) públicos(as) presentan sus mejores galas –al igual que altas autoridades y representantes del proletariado- en una suerte de pasarela callejera en que, como no podía ser de otro modo, los escotes, cinturas, piernas y maquillajes tratan inútilmente de satisfacer la voracidad visual de la especie masculina. Si un periodista peregrino le preguntase a algún colegial, bien trajeado y recién salido de “make up”, qué se recuerda en esa fecha, lo más probable es que éste le contestaría: “celebramos el día del mar”.

Celebrar y no conmemorar, esa es la consigna en esa fecha desprovista de reflexión, la cual ha sido sustituida por una serie de prácticas cuyo significado no va a la par de lo que reza en los papeles el festejo/remembranza. Festejar la pérdida del mar boliviano resulta, así, un contrasentido, un oxímoron que devuelve la festividad al territorio de la poesía: es poético ver que los sujetos sociales no desfilan para recordar una pérdida, sino para coquetear, lucir, reír, soñar, para festejar a voz en cuello la continuidad de la vida, porque ésta, al fin y al cabo, es más poderosa que la geopolítica.

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