“Chile, consecuente con su voluntad permanente de acercamiento hacia Bolivia, entiende que puede colaborar con ese país en la búsqueda de fórmulas que, sin alterar el patrimonio territorial o marítimo nacional, permitan materializar una integración bilateral que sirva efectivamente al desarrollo y bienestar de los respectivos pueblos”. Así planteó, hace más o menos 34 años, el presidente de facto chileno, Augusto Pinochet. Habría que revisar, para que no quepa duda, la prensa paceña de septiembre de 1988.
“Bolivia y Chile tienen muchos elementos de integración, que puede trabajarse antes de tocar al tema mar, el cual divide a ambos Estados. Chile, por supuesto, no negocia su soberanía, como me imagino no hace ningún país. En eso no hay mayor novedad. La reanudación de relaciones diplomáticas es un punto de llegada, me encantaría avanzar hacia allá, depende de que haya voluntad de ambas partes”, señaló, hace poco, el presidente, Gabriel Boric.
Por lo visto, los gobernantes de la nación transandina no abandonaron el formato de política internacional diseñado en relación con el problema marítimo. Se condujeron ceñidos a él, tanto militares como civiles, en el siglo pasado y el presente. Por consiguiente, siempre trataron de desviar la atención de la opinión pública, en dictadura y democracia, con actitudes mezquinas, que no hicieron otra cosa que soslayar nuestras justas exigencias de reintegración soberana al mar Pacífico. Ahora lo hacen con mayor fuerza, respaldados por el fallo de La Haya.
En el pasado algunos pensaron que el socialista Salvador Allende iba a restañar las heridas. Pero se equivocaron. En el tiempo presente creían que Boric, el izquierdista y joven dignatario de Estado, era el “enviado”. Pero quedaron desconcertados por su conducta reticente y nada integracionista. Quedaron frustrados, nuevamente, quienes han propugnado y propugnan ideologías contrarias a la iniciativa privada. Es que derechistas e izquierdistas chilenos son hechuras de harina de un solo costal, referente al más que centenario conflicto. Y pese a las diferencias que los separan, siempre hicieron causa común, en defensa de la integridad territorial de su país. Como una respuesta, más que todo, a la cuestión marítima, tan sensible para ellos, que está pendiente en el tiempo. Diferendo que no fue cerrado, para desgracia de ambos pueblos.
Estamos en la situación de siempre con Chile. Nada hemos avanzado, las cosas están empantanadas. Gobiernos autoritarios y democráticos pusieron, de una manera increíble, “la carreta delante de los caballos”. Con la intención de evitar tratar el asunto marítimo. En este marco, el vecino ha reiterado la predisposición para la reanudación de relaciones diplomáticas con Bolivia, dizque con un espíritu integracionista, pero al margen del tema marítimo, que es de vital importancia para los bolivianos. Asunto, según aquél, que estaría zanjado y que no debería ingresar en la agenda bilateral, de ambos países.
En suma: los bolivianos, sin diferencias de colores políticos ni credos religiosos, esperan una propuesta chilena honesta, transparente y sin condicionamientos, para tomar decisiones diplomáticas a futuro.
Sobre la propuesta chilena
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