Varios sectores sociales han estado pidiendo últimamente que el Gobierno haga un control efectivo y severo de los precios de los productos de la canasta familiar, con la esperanza de que así se frene su exponencial incremento. Aquellos pedidos provienen de sectores populares, que se ven día tras día flagelados por la crisis económica que vive Bolivia desde hace ya un par de años. Sin embargo, los entendidos en economía saben bien, y muchos lo vienen advirtiendo desde hace años, que una crisis así se resuelve no controlando los precios con un Estado-capataz, sino con ciertas otras medidas, como la racionalización del sistema impositivo y la apertura de mercados, medidas que en muchos casos son de shock.
Las economías deprimidas generan no solo desempleo y precariedad laboral, sino, además, una serie de fenómenos colaterales, como la formación de mercados negros, agio o especulación de precios y productos. En tales situaciones, lo que cabe es una reforma estructural de la economía, un giro de timón, y no medidas-parche, las cuales lo único que hacen es prolongar la enfermedad. Son solo anestesia que prolonga la agonía y que jamás extirpa el tumor. En la historia universal, los países que atravesaron crisis de este tipo, es decir, crisis que son producto de años de malversación, corrupción y agrandamiento de la masa burocrática, tuvieron que apelar a medidas relativamente similares entre sí. No hay pólvora que inventar ni fuego que descubrir…
Debido a la fuerza que aquí poseen las corrientes nacionalistas-populares, mucha gente cree que es mejor que gobiernen los socialistas a que lo hagan políticos de tendencias liberales, conservadoras o de derecha. Para esas personas, incluso vivir una crisis es mejor que otorgar poder a esa clase de políticos del pasado. Y debido a una peculiar manera de ver la historia, se ha tendido un velo del olvido a los logros y medidas positivas de aquellos 20 años de democracia de partidos neoliberales, hoy desacreditados totalmente por el discurso e ideología oficialistas. Sin embargo, no hay que olvidar que, pese a toda la corrupción e incapacidad de ese periodo, fueron esos políticos los que permitieron la condonación de la deuda externa, el descubrimiento de pozos gasíferos y los contratos de venta de gas con la Argentina y el Brasil, hechos que permitieron la bonanza económica que Bolivia disfrutó como si se tratase de una fiesta sin término y que su gobierno malversó por varios lustros.
El gas todavía existe, pero la producción está en un franco declive. Bolivia está en peligro de perder el mercado brasileño y aun en el de no poder abastecer su mercado interno. En este contexto, lo que queda es estabilizar la balanza de pagos, para que se pueda restablecer la explotación gasífera y comenzar, de una buena vez, la explotación del litio, además de atraer inversiones extranjeras. Pero más allá de todo eso, se necesita un giro de timón en cuanto a las instituciones se refiere, pues la falta de seguridad jurídica es uno de los grandes motivos por los cuales los inversionistas no quieren invertir aquí y los pequeños y medianos emprendedores prefieren llevar sus capitales a otros sitios.
No hay pólvora que inventar ni fuego que descubrir
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